martes 6 de diciembre de 2011

Inspiración


Egon Schiele

Fuera, empezaba a ponerse el sol. Acompañaba aquel atardecer frío con un cigarro mientras pensaba que la noche que estaba por comenzar la recordaría por bastante tiempo, hasta que éste mismo con el caer de las hojas del calendario, le hiciera perder el significado. Había aprendido que por siempre, suele ser demasiado tiempo.

Algún bar a las afueras de la ciudad sería el punto de encuentro. Sólo deja buscar algún pretexto para ella,  le escribió para acordar la cita par de días atrás. Nunca le preguntaba qué excusa usaba cuando se veían.  Eran encuentros secretos… quizás más esporádicos que secretos, pensaba. Pero algo estaba por cambiar. Hacía ya varios meses que no se encontraban y pasarían otros tantos más para volver a hacerlo. Por ser la última vez, sería diferente. Tomarían unos tragos, juntos, antes de reconocer de nuevo la piel desnuda del otro.
Mientras caminaba hacia el lugar su corazón, por primera vez en tantas escapadas con él, se aceleró. Quizás porque cayó en cuenta que sería la última vez que lo vería en mucho tiempo, quizás porque recordó cómo empezó todo aquello que ese día los llevaba al ‘hasta pronto’ que disfrazaba un adiós, al menos de sus sábanas. El cómo había empezado esa aventura se encerraba en un cliché: él aburrido de su matrimonio y ella a quien los sentimientos a penas le importaban cuando de satisfacer su goce se trataba… hasta que le conoció.


Caminó hacia él y los ojos de ambos lanzaron chispas, de esas que disfrazan cierta ironía y cierta tristeza. Como siempre, pretendía saludarle con un beso en la mejilla. Como siempre, rechazando el beso en los labios que él buscaba. Pero esta vez le respondió, sus labios se encontraron mucho antes de lo usual. Hacía frío en la calle y el aliento que salía de las bocas unidas se disipaba en el aire. Fueron varios segundos los que duró el beso, lleno de todas aquellas palabras que quedarían por decir. Y ambos entraron al lugar.
Había mucho silencio entre ellos. A veces el saber que pronto habría un hueco en sus madrugadas, como ésta, podría traducirse en extrañarse como lo hacen los enamorados.

Pidieron un par de copas de vino. Ella estaba nerviosa, raro después de tantas veces estar a su lado. Su mirada estaba concentrada en las pocas personas en ocultas en la penumbra del lugar, sus manos no hallaban lugar mientras su mirada no se detenía en él. De pronto, al mismo tiempo que las primeras gotas de lluvia caían fuera, la mano de él se posó sobre su rodilla. Ella no volteó, él la miró mientras bebía de su copa. Ella dejó escapar un suspiro que él se fumó. Supongo que, no mal interpretes, eres el mejor hombre en mi vida,  le dijo.  Él hacía mucho tiempo que había decidido no interpretar nada de lo que ella dijera.  No necesariamente el único, lo sabes, pero al menos sí el mejor, continúo mientras sus dedos se entrelazaban en los de él.  ¿Por qué?, fue lo que atinó a preguntar  él mientras sentía como ella apretaba su mano.  ¿De verdad no lo sabes?, preguntó volteando su mirada asombrada a él. No te preguntaría, contestó. Ella tomo aire como si le costara dar la respuesta, una que ya esperaba que él tuviera. Porque no me ilusionas, porque cuando te escapas de ella y me dedicas unas horas siento, sin creérmelo del todo, que soy la que realmente quieres.


Pero ya no habría más tiempo para ella, para ambos. Aquél cliché de cómo empezó se desvanecía cuando después de tantos años ella sería la única en salir lastimada. Él había elegido y una nueva ciudad con su viejo matrimonio había ganado.
No hubo más palabras para el resto del vino en las copas.
Dejó dinero suficiente sobre la mesa y tomándola de la mano, la invitó a salir. Ya no había más qué decir y sólo restaba empezar a decir adiós con el cuerpo. Esa noche no se quedaría a petición de ella.
Caminaron hacia donde ella vivía, tomados de la mano. Las calles húmedas y las medias luces los pintaban como una pareja de enamorados… Quizás en una pintura lo hubiesen sido.


El encuentro se prolongó hasta el amanecer. Llenaron de besos y caricias los huecos que las palabras habían dejado. Ella reconoció con su cuerpo lo que de su boca jamás saldría: se había enamorado. Hicieron el amor, se entregaron al placer y cuando finalmente el sol se coló por las cortinas ella se levantó de la cama dándole la espalda, invitándolo a darle un beso de despedida. No en los labios, sino en el hombro, sabiendo que no podría mirarlo una vez más sin pedirle que se quedara con ella. Él la besó lamentándose por no sentir lo suficiente para no dejar su cama. Una lágrima escurrió por la mejilla de cada uno, pero ella no volteó para verlo partir. 

martes 19 de abril de 2011

Confesiones I

A estas alturas, supongo, moriría antes (¡ja!) de decirte que te echo de menos. Ya ni echarte - en pasado - porque, sin darme cuenta, el "sería" llegó, y una de estas noches que de repente me doy cuenta que efectivamente: te echo de menos.

Dolorosamente agradable. Así, literal, fue como le dije de ti a mi analista.
Y entonces hay días en los que me encuentra la pinche culpa y me encuentro yo pensando que seguramente fui una exagerada, dramática e histérica, que nomás le dio la gana un día alejarse (claro, a ver si había respuesta) y apostar a que no lo permitirías. Ya sé: ingenua de mí.
Pero, después, pienso que supuestamente tú andas como yo, en esas de ver que hay dentro de todo ese vacío dentro de nosotros, y seguramente sabes que te gusta (gustó) lanzarme toda esa mierda, igual que a mí me encantó revolcarme en ella. Clarito podría escucharte decir que cuál pinche mierda si yo solita sabía en lo que me metía. Seguramente apostarás porque me enamoré de ti, así como solía hacerlo antes de todo esto. ¿Pero sabes? Hasta en la mierda hay consistencias, y mucho me temo que la diarrea supera mis gustos. Digo, todo eso que te di ni lo pediste, lo sé. ¿Pero qué tal lo tomaste? Dicen que al que le den pan, que llore. Y paso de culparte a culparme sabiendo pero sin entender que eso de poco sirve ya.

Otra cosa que no me podrás debatir es que ni bien ni mal te cayó que me alejara. Ni te está cayendo, pues.
Hoy por hoy, si queda algo del hilo del destino que nos unió, seguramente esas traviesas Moiras están a punto de cerrar las tijeras. Y a manera de susurro te podría confesar que muy probablemente les pediría otra oportunidad. El punto es que no sé qué es mejor.

Cierto es que aquellas charlas las extraño. Pero, ¿por qué sólo recuerdo una sola ocasión de una risa incontrolable? De repente los recuerdos se van borrando y temo estarlos sustituyendo por construcciones a mi conveniencia. Y vaya que esa conveniencia varía casi día a día.

Todo esto, nomás para decirte que al final en alguna parte de mí poco importa que sea...s bueno o malo, si muchos días al final sólo pienso que te echo de menos, amigo.

miércoles 16 de febrero de 2011

Recordar sí es volver a vivir-lo

Con un ligero tiritar de su mano dio la última fumada a un cigarro y lo lanzó al pavimento húmedo bajo su ventana. El viento helado le calaba los huesos y había irritado su nariz. Entrecerró la ventana e hizo un esfuerzo por mover sus piernas para dirigirse a la cama pero un pequeño dolor en la entrepierna le trajo las memorias de la noche anterior que callaban esos sentimientos que bailaban danzas árabes en su cabeza y le hacían doler el corazón. Aquellos recuerdos le acaloraban y provocaban pequeños espasmos en su sexo.  Encendió otro cigarrillo y se tendió sobre la cama recordando la noche anterior.
Había asistido sola al cumpleaños de una de sus amigas en un gran jardín alquilado para la ocasión. A penas un viento cálido soplaba. Era una noche hermosa sin luna, sin estrellas… sin inhibiciones. Sentía como aquellas copas de más relajaban su cuerpo llevándola al ritmo de la música. Bailaba provocativamente, pasando una mano a penas rozando sus senos sujetados sólo por un top de tirantes delgados y moviendo la cadera mientras la otra mano, entre sus muslos, levantaba su falda. Y de repente lo vio. Había olvidado lo mucho que le gustaba. Alto, de piel morena y ojos maple; de cabello negro y ondulado; sus labios eran perfectos, el inferior atravesado por una argolla y ese colmillo que sobresalía lo justo, le adornaba una sonrisa perversa. Las facciones de su rostro eran masculinas y bien marcadas. Su espalda ancha y fuertemente definida formaba un triángulo invertido en su cuerpo. Su pecho y su abdomen liso invitaban a recorrerle de mil formas posibles y mil más inventadas.
El cigarrillo se había consumido en el cenicero de cristal mientras el calor en su habitación aumentaba a causa del recuerdo que escurría por su cuerpo. Sus mejillas se habían sonrojado y una de sus manos acariciaba su estómago.
Los músculos enmarcando perfectamente los huesos de su pelvis podían volverle loca desde que le conoció; ni qué decir de lo que le rompió la inocencia un par de años atrás.
Se conocían hacía tiempo ya y sólo era eso, pensaba, mientras su mano trazaba círculos alrededor de su ombligo, una mezcla perfecta de atracciones. Poco interesaba que tocara el bajo y la batería, y que además su voz ronca cantara singularmente bien; ni siquiera importaba su gusto por la filosofía y el arte, ni que sus experiencias estuvieran marcadas en sus miradas intensas y en aquella cicatriz que sobresalía en la piel de su brazo derecho. Tampoco en que los silencios que pasaba con él eran de los más cómodos que saboreaba. Pensó en que podría ser mucho de lo que deseaba, tal vez tanto, que le repudiaba la idea de estar a su lado. Ambos lo sabían: eran el juego perfecto uno del otro. Sin preguntas, sin motivos, sin emociones… sin promesas. La táctica era poco hablar, entre menos lo hicieran más podían alargar el placer. Habían aprendido, por las historias de un buen amigo en común, que entre menos palabras hubiese de por medio, menos eran las promesas que no se cumplirían. Además, eran el único escape a esos dolores que traía el uso del corazón.
Previo acuerdo no existió para esa noche. Ella había bebido justo hasta la línea en que la conciencia sólo observa. Un cruce de miradas a lo lejos bastó para humedecer las bragas de ella y endurecer el miembro de él.
Arrastrando ligeramente las piernas se alejó de la gente para buscar un rincón oscuro en aquel jardín, dando paso a otra fantasía más con él. Abrió su bolsa para retocarse de cereza los labios y decidió prender un cigarro mientras le esperaba.
De pronto sintió su respiración y una voz masculina al oído. -No me gusta el sabor del tabaco, hace que se pierda el sabor de tu boca-  Le dijo mientras sus brazos le rodeaban la cintura por detrás cual enredadera. Sin contestarle dio un par de fumadas más mientras lo húmedo de la madrugada se perdía en cada beso con el que él recorría su cuello. Sabía perfectamente lo que le gustaba y pasaba del cuello a la nuca con besos, pequeñas mordidas, succiones perfectas. Sus manos presionaron su cuerpo hacia el suyo e instintivamente ella le regaló un leve movimiento de caderas. Sus dedos ya habían encontrado el camino bajo su top y habían empezado a jugar con la piel desnuda. Acarició un poco su abdomen y al llegar a los senos pasó suavemente la yema de sus dedos por los pezones que en seguida endurecieron. Nadie más que él le había regalado un orgasmo acariciándola sólo ahí. Con una mano en cada seno dio tenues pellizcos que aceleraron su respiración y le hicieron voltearse rodeando su cuello con sus brazos. Se miraron por un instante y en otro más ya no se distinguían dos sombras en el césped. Mientras las bocas se perdían entre las lenguas entrelazadas y los pequeños mordiscos en los labios, ella se puso de puntas para ponerse pelvis con pelvis, mientras las manos de él se habían perdido bajo su falda y agarrando sus nalgas la atraían hacia su miembro tan duro que casi reventaba sus jeans. El ritmo de sus caderas había subido y él había empezado suaves embestidas sobre su ropa. Subió un poco la cabeza y ella aprovechó para atraparle por el cuello. Le respiró primero y después la punta de su lengua se encargó de lo demás; recorría cada centímetro hasta llegar detrás de su oreja y en unos segundos le hizo gemir silenciosamente. Despegándose bruscamente de él y poniendo su mano sobre su entrepierna le empujó hasta una pared cercana. Fijó la mirada en sus ojos y empezó a desabrocharle la camisa botón por botón mientras empezaba a besarle el pecho. Su lengua lentamente paseo por su abdomen hasta que la detuvo el pantalón. Casi con desesperación bajó el cierre, desabrochó el cinturón, el botón y dejó libre su pene hinchado de deseo. Lo miro nuevamente y él le tiro suave pero firme del cabello. Sabía que nadie como ella le había hecho disfrutar situaciones así, más aún sensaciones como las que ansiaba ya él en ese momento. Tomó su pene por la base y, sin perder su mirada, acerco sus labios, lo besó suavemente y abrió la boca para sacar su lengua y rodear con ésta la punta de su miembro. Pudo ver como el pecho de su amante se inflaba en un suspiro que le pedía más. Empezó a mover su mano al ritmo que introducía casi todo su miembro en su boca. Las manos de él despeinaban todo su cabello mientras su respiración se aceleraba.
Su camisón se había pegado a su piel por el sudor haciéndose uno con ella. Sus sábanas se habían arremolinado en una esquina de la cama y con los ojos cerrados, los muslos separados y las manos entre ellos, le daba vida a sus memorias.
Acarició su mejilla, la puso de pie, la tomó de la cintura y atrayéndola hacia él la llevó hacia otra barda más adentro del jardín y la sentó ahí acomodándose de pie entre sus piernas y envolviéndola entre sus brazos la volvió a besar. No conocía su libro favorito, pero conocía mejor que nadie los puntos de su cuerpo. Le inclinó la cabeza hacia atrás y ella apoyó sus manos para estirar su cuerpo. Bajó por su barbilla y por el cuello con besos rápidos, hasta sus pechos. Había llegado al lugar donde debía detenerse más tiempo.
Una descarga de placer le hizo abrir los ojos y ver a través de su aliento el cielo oscuro. Su mente la abandonó. Sentía sus dientes jalando y su lengua rodeando cada pezón, sus labios succionando como sólo él sabía hacer mientras una mano se unía al juego bajo su falda. Casi pudo terminar ahí, pero la repentina sensación sobre su clítoris le pidió que esperara. Él se apartó un poco para separar sus rodillas y buscó cobijo entre sus piernas que recargó en sus hombros. Recorrió el interior de sus muslos mordiendo y lamiendo hasta llegar al cruce de sus piernas. Aspiró profundo y el olor le embriagó. Lamió suavemente su clítoris y la penetró con su lengua. Ella respiraba rápidamente y se había desnudado el torso. Pequeñas gotas de sudor adornaban sus senos y su abdomen. Todo cuanto se encontraba bajo su ombligo gritaba con espasmos que él también disfrutaba. Su cuerpo no era  más que reflejos que le hacían empujar su pelvis hacia la boca de él, pidiéndole que se hundiera más en ella y que no parara.
Sus dos manos le eran insuficientes. Cada escena en su cabeza le hacía rogar porque él entrara en ese momento a su habitación. Se levantó de nuevo de la cama y desnudándose caminó hacia la puerta. Atoró el seguro. Cuando se volvía se topó con su silueta reflejada en el espejo. Tonos azulados de la noche que se colaban entre las cortinas pintaban su contorno. Acariciándose el cuerpo sus rodillas temblaron y la obligaron a dar un paso hacia atrás. Su espalda chocó con la pared y todo su cuerpo se recargó en ella.
Él conocía perfectamente cada sitio, el preciso tiempo en cada punto para llevar su mente a la nada. Movimientos que se hacían circulares y pasaban a besos que rogaban el éxtasis total en cada toque frío de aquel arete. Poco faltaba para hacerla llegar cuando paró. Subió por su vientre, lamiendo cada poro y disfrutando el sabor salado de su piel mientras sus manos acariciaban la espalda lisa de ella.
Sentía los dientes de su amante enterrarse en la piel de su abdomen, sentía como el recorrido de ese aliento a menta subía por su cuerpo y descubría sitios que subían el volumen de sus gemidos. Todo miedo a ser descubiertos se perdió cuando él atrapó un pecho entre sus dientes y sintió el más intenso placer en el pequeño dolor que le causó. -Más… más  fuerte…- dijo ella entre los profundos suspiros que no la dejaban ni pensar.
Siguió subiendo y degustó de su cuello. Recorría y mordía cuanto quería. Sentía como las piernas de ella le aprisionaban y atrapó su boca en besos salvajes mientras sentía sus manos bajando de nuevo sus pantalones. Sabía que ya no podía parar. Pedía todo en ese preciso momento. En unos segundos ya estaba dentro de ella.
Entró fácilmente y se quedó ahí, como a ambos les gustaba. Mientras, los besos se tornaron más lentos y más suaves. Recorrían sus labios y otorgaban pequeñas mordiditas que erizaban hasta el último centímetro de piel. Ella podía jugar por minutos con su labio inferior, entretenerse apretándolo entre sus propios labios, succionándolo y haciendo caso omiso a sus quejas. Él decía que era demasiado sensible de los labios. Él sabía que sólo ella sabía cómo jugar con ellos.
Sus tobillos se entrecruzaron para jalar más hacia su cuerpo la cadera de él, pidiéndole así que empezará a moverse. Hizo su cuerpo hacia delante, quedando en la orilla de la barda y él la jaló hacía arriba haciendo sus movimientos firmes y cortos, decididos a llevarla al orgasmo; rápidos a intervalos de tiempo, quedándose dentro cuando sabía que era el momento indicado, acelerando y bajando el ritmo.
Sólo podía concentrarse en que cada escena de su recuerdo diera velocidad a sus manos que exploraban ansiosas su sexo. Penetrándose y masturbando su clítoris se había tendido por completo en el suelo. Algunas gotas de sudor se deslizaban entre sus senos y una de sus manos los empezó a tocar desesperadamente. Su espalda se arqueaba por el frío y los espasmos que anunciaban una explosión entre sus piernas.
Ya el sudor había derretido cualquier rastro de pudor. Era un jardín, pero el olor a sexo se envolvía en cada hoja de los árboles y del césped envolviendo con aromas cada uno de los sentidos de ambos amantes.
Se aceleraron las embestidas y los besos se olvidaron. Los dedos traviesos de él habían apartado la parte trasera de sus bragas para jugar. Esa sensación aumentó el placer por todo su sexo y terminó en un orgasmo bestial.
Sin apenas darle tiempo de recuperarse la bajó de la barda y ordenándole sólo con movimientos la recargó sobre la misma dándole la espalda a él. Sus manos se habían vuelto salvajes y tiraron firmemente de su cabello para echar su cabeza hacia tras y morderle un poco los labios. Tomó sus manos y las recargó en la barda aprisionándolas con las suyas mientras besaba desde su nuca hasta el final de su espalda.
Después de unos instantes ella abrió las piernas y se inclinó otro poco más invitándole a continuar. Puso su miembro en la entrada y empezó a moverlo de a poco mientras con una mano la penetraba por su vagina. De repente ella empujó hacia atrás y dio un gemido doloroso. Se quedaron quietos unos segundos y él profundizó la penetración. Daba tiempo a que se acostumbrara a tenerlo dentro y cuando sucedió, empezó a moverse. Lento por detrás, penetrándola a la vez por la vagina y estimulando su clítoris. Pellizcando sus pezones y mordiendo su cuello. Sensaciones por todo el cuerpo le regalaba y sus gemidos eran afrodisiacos para él. De pronto ella marcó el ritmo y las embestidas se hicieron más fuertes. Ambos gemían, casi gritando. Espasmos cosquilleaban sus vientres: el orgasmo se anunciaba. Puso sus dos manos sobre sus caderas y aceleró aún más, mientras ella misma se daba las últimas caricias que soportaba su clítoris a punto de reventar. En ese momento, ambos explotaron. Gemidos, respiraciones cortadas y dos cuerpos que se rendían bajo la noche.
Gemía casi como aquella noche. Con los ojos totalmente cerrados se entregó a las últimas caricias que se proporcionaba ella sola. Apretó su mano entre sus piernas y aceleró el ritmo de su penetración. Sentía ya intensos calambres y terminó tendida completamente en el suelo. Sudando, jadeando y recordando.
Dejó todo su peso caer sobre ella que a su vez volteó su rostro para callar lo que quisiera decir con un beso. Le besó para guardar el momento sin arruinarlo.  Fueron uno o unos minutos, quién sabría. Dentro de su cuerpo sentía como iba desapareciendo la fantasía. Un ligero movimiento y él supo que tenía que apartarse. Con el aliento de vuelta, se incorporó y empezó a arreglarse la camisa mientras ella arreglaba su cabello. Se acercó para darle tres besos en el cuello, sencillos, de agradecimiento y otro más en la mejilla, pero, rechazando éste y diciéndole un ‘hasta pronto’, ella se dio la vuelta y partió hacia la música, el alcohol y la realidad.

lunes 17 de enero de 2011

Hace un par de días me pregunté cómo es que antes podía escribir tanto. De algún modo que ahora no alcanzo a entender tenía las palabras para, al menos según yo, poner en letritas lo que sentía y hasta que sonara un poco... "¿poético?"

Aquella muchacha ha cambiado mucho. Sé que no soy ella pero tampoco sé bien quién voy siendo, salvo que esta vez estoy segura que voy siendo yo.

miércoles 20 de octubre de 2010

Es como raro. Ahora tengo tos y siento olitas de frío recorrer desde mi nuca hasta las puntas de mis dedos. Mis piernas están como entumidas y mis ojitos rojos. ¡Ah! y van 20 días de Octubre sin que vea bien la luna.

De tanta tranquilidad, me esfuerzo por recordar detallitos para que me venga un poquito de melancolía. Ya nada será como fue. Y no es que me sienta mal. Quizás por eso recuento, calladita en mi sillón, las cosas que seguramente extrañaré. O no.

martes 19 de octubre de 2010

Aquí el punto es que se me olvida que voy aceptando y que incluso me va gustando esto de saber que la soledad es una buena compañía, porque al final, estar conmigo misma ha resultado más reconfortante que andar busque y busque en otros brazos.

Y es que los bichos de la gripa me borran esa parte y entonces quisiera que alguien viniera y me abrazara, ma envolviera así rico en la cobija, me acariciara el cabello en lo que me quedo dormirda. Y si supiera bien cómo soy, me preparara un vasito de agua de limón. Después, sin importarle que seguramente lo contagíaria, me abrazara de cucharita y nos quedáramos dormidos... Eso es lo que quisiera cuando me enfermo...

martes 5 de octubre de 2010

Sólo busco un momento donde explicarte todo.
Así como he hablado de mil cosas, así como nunca antes había hablado, es que entiendo que puedo hacerlo contigo. Entiendo tantas cosas... pero me faltan muchas más...

Tan preocupada estaba de un sentimiento, que sí sentía pero no era mio... Y es que detrás de una pregunta es que me he oculado y al fin estoy saliendo... Bere está por fin asomándose.

¿Sabes? Está bien asustada. No sé cuánto tiempo ha tenido que esconderse en deseos y quereres de un otro, es más, ni siquiera sé si alguna vez realmente ha salido. Pero ahora, lo importante, es que me está hablando... ¿Dejarías que te hablara un momento? Porque a pesar de todo, ella te quiere. A su manera, pero te quiere. El problema es la que escribe ahora, la que se confunde y la que se aleja porque siente algo que no es de ella y entonces Bere, yo, la detiene y quisiera hablarte y explicarte.

Ojalá leyeras esto.
Tengo mucho camino que recorrer, muchas cosas que enfrentar y es que quizás sea mejor así. Creo que quisiera que me dijeras que me extrañas o que no quieres perderme... Ojalá no hubiera tanto silencio ahora.

Es mi lucha, pero me vendría bien saber que seguirás ahí, amigo.