miércoles 16 de febrero de 2011

Recordar sí es volver a vivir-lo

Con un ligero tiritar de su mano dio la última fumada a un cigarro y lo lanzó al pavimento húmedo bajo su ventana. El viento helado le calaba los huesos y había irritado su nariz. Entrecerró la ventana e hizo un esfuerzo por mover sus piernas para dirigirse a la cama pero un pequeño dolor en la entrepierna le trajo las memorias de la noche anterior que callaban esos sentimientos que bailaban danzas árabes en su cabeza y le hacían doler el corazón. Aquellos recuerdos le acaloraban y provocaban pequeños espasmos en su sexo.  Encendió otro cigarrillo y se tendió sobre la cama recordando la noche anterior.
Había asistido sola al cumpleaños de una de sus amigas en un gran jardín alquilado para la ocasión. A penas un viento cálido soplaba. Era una noche hermosa sin luna, sin estrellas… sin inhibiciones. Sentía como aquellas copas de más relajaban su cuerpo llevándola al ritmo de la música. Bailaba provocativamente, pasando una mano a penas rozando sus senos sujetados sólo por un top de tirantes delgados y moviendo la cadera mientras la otra mano, entre sus muslos, levantaba su falda. Y de repente lo vio. Había olvidado lo mucho que le gustaba. Alto, de piel morena y ojos maple; de cabello negro y ondulado; sus labios eran perfectos, el inferior atravesado por una argolla y ese colmillo que sobresalía lo justo, le adornaba una sonrisa perversa. Las facciones de su rostro eran masculinas y bien marcadas. Su espalda ancha y fuertemente definida formaba un triángulo invertido en su cuerpo. Su pecho y su abdomen liso invitaban a recorrerle de mil formas posibles y mil más inventadas.
El cigarrillo se había consumido en el cenicero de cristal mientras el calor en su habitación aumentaba a causa del recuerdo que escurría por su cuerpo. Sus mejillas se habían sonrojado y una de sus manos acariciaba su estómago.
Los músculos enmarcando perfectamente los huesos de su pelvis podían volverle loca desde que le conoció; ni qué decir de lo que le rompió la inocencia un par de años atrás.
Se conocían hacía tiempo ya y sólo era eso, pensaba, mientras su mano trazaba círculos alrededor de su ombligo, una mezcla perfecta de atracciones. Poco interesaba que tocara el bajo y la batería, y que además su voz ronca cantara singularmente bien; ni siquiera importaba su gusto por la filosofía y el arte, ni que sus experiencias estuvieran marcadas en sus miradas intensas y en aquella cicatriz que sobresalía en la piel de su brazo derecho. Tampoco en que los silencios que pasaba con él eran de los más cómodos que saboreaba. Pensó en que podría ser mucho de lo que deseaba, tal vez tanto, que le repudiaba la idea de estar a su lado. Ambos lo sabían: eran el juego perfecto uno del otro. Sin preguntas, sin motivos, sin emociones… sin promesas. La táctica era poco hablar, entre menos lo hicieran más podían alargar el placer. Habían aprendido, por las historias de un buen amigo en común, que entre menos palabras hubiese de por medio, menos eran las promesas que no se cumplirían. Además, eran el único escape a esos dolores que traía el uso del corazón.
Previo acuerdo no existió para esa noche. Ella había bebido justo hasta la línea en que la conciencia sólo observa. Un cruce de miradas a lo lejos bastó para humedecer las bragas de ella y endurecer el miembro de él.
Arrastrando ligeramente las piernas se alejó de la gente para buscar un rincón oscuro en aquel jardín, dando paso a otra fantasía más con él. Abrió su bolsa para retocarse de cereza los labios y decidió prender un cigarro mientras le esperaba.
De pronto sintió su respiración y una voz masculina al oído. -No me gusta el sabor del tabaco, hace que se pierda el sabor de tu boca-  Le dijo mientras sus brazos le rodeaban la cintura por detrás cual enredadera. Sin contestarle dio un par de fumadas más mientras lo húmedo de la madrugada se perdía en cada beso con el que él recorría su cuello. Sabía perfectamente lo que le gustaba y pasaba del cuello a la nuca con besos, pequeñas mordidas, succiones perfectas. Sus manos presionaron su cuerpo hacia el suyo e instintivamente ella le regaló un leve movimiento de caderas. Sus dedos ya habían encontrado el camino bajo su top y habían empezado a jugar con la piel desnuda. Acarició un poco su abdomen y al llegar a los senos pasó suavemente la yema de sus dedos por los pezones que en seguida endurecieron. Nadie más que él le había regalado un orgasmo acariciándola sólo ahí. Con una mano en cada seno dio tenues pellizcos que aceleraron su respiración y le hicieron voltearse rodeando su cuello con sus brazos. Se miraron por un instante y en otro más ya no se distinguían dos sombras en el césped. Mientras las bocas se perdían entre las lenguas entrelazadas y los pequeños mordiscos en los labios, ella se puso de puntas para ponerse pelvis con pelvis, mientras las manos de él se habían perdido bajo su falda y agarrando sus nalgas la atraían hacia su miembro tan duro que casi reventaba sus jeans. El ritmo de sus caderas había subido y él había empezado suaves embestidas sobre su ropa. Subió un poco la cabeza y ella aprovechó para atraparle por el cuello. Le respiró primero y después la punta de su lengua se encargó de lo demás; recorría cada centímetro hasta llegar detrás de su oreja y en unos segundos le hizo gemir silenciosamente. Despegándose bruscamente de él y poniendo su mano sobre su entrepierna le empujó hasta una pared cercana. Fijó la mirada en sus ojos y empezó a desabrocharle la camisa botón por botón mientras empezaba a besarle el pecho. Su lengua lentamente paseo por su abdomen hasta que la detuvo el pantalón. Casi con desesperación bajó el cierre, desabrochó el cinturón, el botón y dejó libre su pene hinchado de deseo. Lo miro nuevamente y él le tiro suave pero firme del cabello. Sabía que nadie como ella le había hecho disfrutar situaciones así, más aún sensaciones como las que ansiaba ya él en ese momento. Tomó su pene por la base y, sin perder su mirada, acerco sus labios, lo besó suavemente y abrió la boca para sacar su lengua y rodear con ésta la punta de su miembro. Pudo ver como el pecho de su amante se inflaba en un suspiro que le pedía más. Empezó a mover su mano al ritmo que introducía casi todo su miembro en su boca. Las manos de él despeinaban todo su cabello mientras su respiración se aceleraba.
Su camisón se había pegado a su piel por el sudor haciéndose uno con ella. Sus sábanas se habían arremolinado en una esquina de la cama y con los ojos cerrados, los muslos separados y las manos entre ellos, le daba vida a sus memorias.
Acarició su mejilla, la puso de pie, la tomó de la cintura y atrayéndola hacia él la llevó hacia otra barda más adentro del jardín y la sentó ahí acomodándose de pie entre sus piernas y envolviéndola entre sus brazos la volvió a besar. No conocía su libro favorito, pero conocía mejor que nadie los puntos de su cuerpo. Le inclinó la cabeza hacia atrás y ella apoyó sus manos para estirar su cuerpo. Bajó por su barbilla y por el cuello con besos rápidos, hasta sus pechos. Había llegado al lugar donde debía detenerse más tiempo.
Una descarga de placer le hizo abrir los ojos y ver a través de su aliento el cielo oscuro. Su mente la abandonó. Sentía sus dientes jalando y su lengua rodeando cada pezón, sus labios succionando como sólo él sabía hacer mientras una mano se unía al juego bajo su falda. Casi pudo terminar ahí, pero la repentina sensación sobre su clítoris le pidió que esperara. Él se apartó un poco para separar sus rodillas y buscó cobijo entre sus piernas que recargó en sus hombros. Recorrió el interior de sus muslos mordiendo y lamiendo hasta llegar al cruce de sus piernas. Aspiró profundo y el olor le embriagó. Lamió suavemente su clítoris y la penetró con su lengua. Ella respiraba rápidamente y se había desnudado el torso. Pequeñas gotas de sudor adornaban sus senos y su abdomen. Todo cuanto se encontraba bajo su ombligo gritaba con espasmos que él también disfrutaba. Su cuerpo no era  más que reflejos que le hacían empujar su pelvis hacia la boca de él, pidiéndole que se hundiera más en ella y que no parara.
Sus dos manos le eran insuficientes. Cada escena en su cabeza le hacía rogar porque él entrara en ese momento a su habitación. Se levantó de nuevo de la cama y desnudándose caminó hacia la puerta. Atoró el seguro. Cuando se volvía se topó con su silueta reflejada en el espejo. Tonos azulados de la noche que se colaban entre las cortinas pintaban su contorno. Acariciándose el cuerpo sus rodillas temblaron y la obligaron a dar un paso hacia atrás. Su espalda chocó con la pared y todo su cuerpo se recargó en ella.
Él conocía perfectamente cada sitio, el preciso tiempo en cada punto para llevar su mente a la nada. Movimientos que se hacían circulares y pasaban a besos que rogaban el éxtasis total en cada toque frío de aquel arete. Poco faltaba para hacerla llegar cuando paró. Subió por su vientre, lamiendo cada poro y disfrutando el sabor salado de su piel mientras sus manos acariciaban la espalda lisa de ella.
Sentía los dientes de su amante enterrarse en la piel de su abdomen, sentía como el recorrido de ese aliento a menta subía por su cuerpo y descubría sitios que subían el volumen de sus gemidos. Todo miedo a ser descubiertos se perdió cuando él atrapó un pecho entre sus dientes y sintió el más intenso placer en el pequeño dolor que le causó. -Más… más  fuerte…- dijo ella entre los profundos suspiros que no la dejaban ni pensar.
Siguió subiendo y degustó de su cuello. Recorría y mordía cuanto quería. Sentía como las piernas de ella le aprisionaban y atrapó su boca en besos salvajes mientras sentía sus manos bajando de nuevo sus pantalones. Sabía que ya no podía parar. Pedía todo en ese preciso momento. En unos segundos ya estaba dentro de ella.
Entró fácilmente y se quedó ahí, como a ambos les gustaba. Mientras, los besos se tornaron más lentos y más suaves. Recorrían sus labios y otorgaban pequeñas mordiditas que erizaban hasta el último centímetro de piel. Ella podía jugar por minutos con su labio inferior, entretenerse apretándolo entre sus propios labios, succionándolo y haciendo caso omiso a sus quejas. Él decía que era demasiado sensible de los labios. Él sabía que sólo ella sabía cómo jugar con ellos.
Sus tobillos se entrecruzaron para jalar más hacia su cuerpo la cadera de él, pidiéndole así que empezará a moverse. Hizo su cuerpo hacia delante, quedando en la orilla de la barda y él la jaló hacía arriba haciendo sus movimientos firmes y cortos, decididos a llevarla al orgasmo; rápidos a intervalos de tiempo, quedándose dentro cuando sabía que era el momento indicado, acelerando y bajando el ritmo.
Sólo podía concentrarse en que cada escena de su recuerdo diera velocidad a sus manos que exploraban ansiosas su sexo. Penetrándose y masturbando su clítoris se había tendido por completo en el suelo. Algunas gotas de sudor se deslizaban entre sus senos y una de sus manos los empezó a tocar desesperadamente. Su espalda se arqueaba por el frío y los espasmos que anunciaban una explosión entre sus piernas.
Ya el sudor había derretido cualquier rastro de pudor. Era un jardín, pero el olor a sexo se envolvía en cada hoja de los árboles y del césped envolviendo con aromas cada uno de los sentidos de ambos amantes.
Se aceleraron las embestidas y los besos se olvidaron. Los dedos traviesos de él habían apartado la parte trasera de sus bragas para jugar. Esa sensación aumentó el placer por todo su sexo y terminó en un orgasmo bestial.
Sin apenas darle tiempo de recuperarse la bajó de la barda y ordenándole sólo con movimientos la recargó sobre la misma dándole la espalda a él. Sus manos se habían vuelto salvajes y tiraron firmemente de su cabello para echar su cabeza hacia tras y morderle un poco los labios. Tomó sus manos y las recargó en la barda aprisionándolas con las suyas mientras besaba desde su nuca hasta el final de su espalda.
Después de unos instantes ella abrió las piernas y se inclinó otro poco más invitándole a continuar. Puso su miembro en la entrada y empezó a moverlo de a poco mientras con una mano la penetraba por su vagina. De repente ella empujó hacia atrás y dio un gemido doloroso. Se quedaron quietos unos segundos y él profundizó la penetración. Daba tiempo a que se acostumbrara a tenerlo dentro y cuando sucedió, empezó a moverse. Lento por detrás, penetrándola a la vez por la vagina y estimulando su clítoris. Pellizcando sus pezones y mordiendo su cuello. Sensaciones por todo el cuerpo le regalaba y sus gemidos eran afrodisiacos para él. De pronto ella marcó el ritmo y las embestidas se hicieron más fuertes. Ambos gemían, casi gritando. Espasmos cosquilleaban sus vientres: el orgasmo se anunciaba. Puso sus dos manos sobre sus caderas y aceleró aún más, mientras ella misma se daba las últimas caricias que soportaba su clítoris a punto de reventar. En ese momento, ambos explotaron. Gemidos, respiraciones cortadas y dos cuerpos que se rendían bajo la noche.
Gemía casi como aquella noche. Con los ojos totalmente cerrados se entregó a las últimas caricias que se proporcionaba ella sola. Apretó su mano entre sus piernas y aceleró el ritmo de su penetración. Sentía ya intensos calambres y terminó tendida completamente en el suelo. Sudando, jadeando y recordando.
Dejó todo su peso caer sobre ella que a su vez volteó su rostro para callar lo que quisiera decir con un beso. Le besó para guardar el momento sin arruinarlo.  Fueron uno o unos minutos, quién sabría. Dentro de su cuerpo sentía como iba desapareciendo la fantasía. Un ligero movimiento y él supo que tenía que apartarse. Con el aliento de vuelta, se incorporó y empezó a arreglarse la camisa mientras ella arreglaba su cabello. Se acercó para darle tres besos en el cuello, sencillos, de agradecimiento y otro más en la mejilla, pero, rechazando éste y diciéndole un ‘hasta pronto’, ella se dio la vuelta y partió hacia la música, el alcohol y la realidad.

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