Fuera, empezaba a ponerse el sol. Acompañaba aquel atardecer frío con un cigarro mientras pensaba que la noche que estaba por comenzar la recordaría por bastante tiempo, hasta que éste mismo con el caer de las hojas del calendario, le hiciera perder el significado. Había aprendido que por siempre, suele ser demasiado tiempo.
Algún bar a las afueras de la ciudad sería el punto de encuentro. Sólo deja buscar algún pretexto para ella, le escribió para acordar la cita par de días atrás. Nunca le preguntaba qué excusa usaba cuando se veían. Eran encuentros secretos… quizás más esporádicos que secretos, pensaba. Pero algo estaba por cambiar. Hacía ya varios meses que no se encontraban y pasarían otros tantos más para volver a hacerlo. Por ser la última vez, sería diferente. Tomarían unos tragos, juntos, antes de reconocer de nuevo la piel desnuda del otro.
Mientras caminaba hacia el lugar su corazón, por primera vez en tantas escapadas con él, se aceleró. Quizás porque cayó en cuenta que sería la última vez que lo vería en mucho tiempo, quizás porque recordó cómo empezó todo aquello que ese día los llevaba al ‘hasta pronto’ que disfrazaba un adiós, al menos de sus sábanas. El cómo había empezado esa aventura se encerraba en un cliché: él aburrido de su matrimonio y ella a quien los sentimientos a penas le importaban cuando de satisfacer su goce se trataba… hasta que le conoció.
Caminó hacia él y los ojos de ambos lanzaron chispas, de esas que disfrazan cierta ironía y cierta tristeza. Como siempre, pretendía saludarle con un beso en la mejilla. Como siempre, rechazando el beso en los labios que él buscaba. Pero esta vez le respondió, sus labios se encontraron mucho antes de lo usual. Hacía frío en la calle y el aliento que salía de las bocas unidas se disipaba en el aire. Fueron varios segundos los que duró el beso, lleno de todas aquellas palabras que quedarían por decir. Y ambos entraron al lugar.
Había mucho silencio entre ellos. A veces el saber que pronto habría un hueco en sus madrugadas, como ésta, podría traducirse en extrañarse como lo hacen los enamorados.
Pidieron un par de copas de vino. Ella estaba nerviosa, raro después de tantas veces estar a su lado. Su mirada estaba concentrada en las pocas personas en ocultas en la penumbra del lugar, sus manos no hallaban lugar mientras su mirada no se detenía en él. De pronto, al mismo tiempo que las primeras gotas de lluvia caían fuera, la mano de él se posó sobre su rodilla. Ella no volteó, él la miró mientras bebía de su copa. Ella dejó escapar un suspiro que él se fumó. Supongo que, no mal interpretes, eres el mejor hombre en mi vida, le dijo. Él hacía mucho tiempo que había decidido no interpretar nada de lo que ella dijera. No necesariamente el único, lo sabes, pero al menos sí el mejor, continúo mientras sus dedos se entrelazaban en los de él. ¿Por qué?, fue lo que atinó a preguntar él mientras sentía como ella apretaba su mano. ¿De verdad no lo sabes?, preguntó volteando su mirada asombrada a él. No te preguntaría, contestó. Ella tomo aire como si le costara dar la respuesta, una que ya esperaba que él tuviera. Porque no me ilusionas, porque cuando te escapas de ella y me dedicas unas horas siento, sin creérmelo del todo, que soy la que realmente quieres.
Pero ya no habría más tiempo para ella, para ambos. Aquél cliché de cómo empezó se desvanecía cuando después de tantos años ella sería la única en salir lastimada. Él había elegido y una nueva ciudad con su viejo matrimonio había ganado.
No hubo más palabras para el resto del vino en las copas.
Dejó dinero suficiente sobre la mesa y tomándola de la mano, la invitó a salir. Ya no había más qué decir y sólo restaba empezar a decir adiós con el cuerpo. Esa noche no se quedaría a petición de ella.
Dejó dinero suficiente sobre la mesa y tomándola de la mano, la invitó a salir. Ya no había más qué decir y sólo restaba empezar a decir adiós con el cuerpo. Esa noche no se quedaría a petición de ella.
Caminaron hacia donde ella vivía, tomados de la mano. Las calles húmedas y las medias luces los pintaban como una pareja de enamorados… Quizás en una pintura lo hubiesen sido.
El encuentro se prolongó hasta el amanecer. Llenaron de besos y caricias los huecos que las palabras habían dejado. Ella reconoció con su cuerpo lo que de su boca jamás saldría: se había enamorado. Hicieron el amor, se entregaron al placer y cuando finalmente el sol se coló por las cortinas ella se levantó de la cama dándole la espalda, invitándolo a darle un beso de despedida. No en los labios, sino en el hombro, sabiendo que no podría mirarlo una vez más sin pedirle que se quedara con ella. Él la besó lamentándose por no sentir lo suficiente para no dejar su cama. Una lágrima escurrió por la mejilla de cada uno, pero ella no volteó para verlo partir.


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